martes, 15 de diciembre de 2009

¿De verdad que hay que "hacerlo de verdad"?

Después de mi entrada “hazlo de verdad”, he seguido reflexionando en este tema… y hay algunas consideraciones que quiero compartir.

Lo primero es reconocer que hay algo en todo eso que escribí con lo que no acabo de estar muy conforme. Lo releo y me doy cuenta de que puede dar la sensación que opino que ese “de verdad” es una “manera de hacer” que hay que encontrar. Y bueno… no creo que eso sea así; o por lo menos para ser sincero yo trato de no comportarme o proceder como si eso fuera así.

Antes cuando comenzaba con los ensayos y el trabajo en una obra, tomaba el personaje y trataba de imaginarme cómo era (cómo se movía, cómo hablaba, cómo eran las relaciones con los otros personajes, etc.) tratando de entenderlo. Y durante los ensayos buscaba ese “hacerlo de verdad”, y si tenía la sensación de no conseguirlo, seguía una y otra vez dándole vueltas buscando en mi interior una "manera de hacer" que cumpliendo con las exigencias del personaje, me posibilitaran una actuación “lo más verdadera”. Con el tiempo me he dado cuenta que ese “buscar en mi interior” es un error, y en general me parece una pérdida de tiempo.

Hoy en día me es útil pensar que el “hacerlo de verdad” no es algo que yo ofrezca al espectador; si no que es algo que me tengo que ganar. Se me tiene que otorgar.

Trataré de explicarme con un ejemplo. Imaginemos dos políticos debatiendo, antes de unas elecciones, sobre economía. Uno opina que es bueno bajar los impuestos, y el otro que es bueno subirlos. Nosotros como ciudadanos tenemos que otorgar nuestro voto, y lo haremos a quien creamos que tiene razón, quien tenga “la verdad”, pero no tenemos ni idea de economía ¿Cómo saber dónde está la verdad? Imposible; ni los grandes economistas se ponen de acuerdo en eso. Pero nosotros tenemos que decidir a quién votar, tenemos que decidir en quién creemos. Ellos lo saben, y por lo tanto quieren ganarnos; y ponen todo su empeño en conseguirnos.

Un debate político no deja de ser un combate cuyo premio es la confianza del ciudadano, la creencia del ciudadano de que “la verdad” está en uno y no en el otro. En realidad, cuando dos políticos debaten, todo el mundo sabe que opinan de distinta manera, y no debaten para convencerse entre ellos (sería gracioso asistir a un debate en que uno diga: me has convencido, retiraré mi candidatura y te votaré), ni para enriquecer los puntos de vista de los ciudadanos, ni nada parecido. No, simplemente debaten para convencer al ciudadano de que les voten. Y ese convencimiento no se gana con el simple exponer las distintas ideas; se gana a través de “la actuación”.

Imaginemos que uno de los políticos le confiesa a un asesor antes de empezar el debate, que no está seguro de que sus propuestas sean las más adecuadas para el país. ¿Qué le aconsejaría el asesor? ¿Le diría: “no importa, tu muéstrate sincero, se honesto y verdadero en lo que dices y en cómo lo dices. Si realmente no estás seguro dilo y como es verdad te ganarás su confianza, y así convencerás a los ciudadanos.”? Lo dudo. No me imagino a un político diciendo algo así como: “Quiero proponer una subida de impuestos que aunque no estoy seguro de que sea lo más adecuado, intuyo que puede ser bueno para el país”. Los asesores de los políticos saben que para convencer, no es necesario “hacerlo de verdad”; e imagino que ese asesor le diría a ese político dudoso algo así como: “mira no me vengas con dudas de última hora, no importa que estés seguro o no, no importa lo que creas o no, si quieres ganarte el voto de los ciudadanos “actúa” como si te lo creyeras, como si estuvieses plenamente convencido, independientemente de si lo estas o no”.

Los políticos siempre hablan como si estuvieran en la posesión de “la verdad”, y saben que eso es lo importante para convencer; y por eso en los debates se mantienen firmes en sus ideas y tratan de que el rival dé muestras de dudas o debilidad de las suyas. De la misma manera al espectador de teatro no le importa si lo “haces de verdad” o no. Lo que quiere es ser convencido. Y yo como actor tengo que ganármelo; y para ello tengo que actuar con pleno convencimiento (independientemente de si lo estoy o no).

Como dijo Ester Bellver (en un comentario en un comentario a mi entrada) cuando el director te dice "hazlo de verdad", o “créetelo más”, en realidad lo que está diciendo es "házmelo creer", o lo que es lo mismo “actúa como si te lo creyeras plenamente”; porque ese es el camino para que el espectador crea en ti.

Alguna vez he dicho (y lo he oído infinitas veces en los ensayos): “mi problema es que no me lo creo”; hoy me doy cuenta de que no es más que una mera justificación. Creérmelo o no, no es la cuestión. Mi atención no debo llevarla a tratar de creérmelo para así ser más verdadero. Lo importante es actuar con pleno convencimiento; y para ello no no es necesario creérselo. Si me lo creo genial; si no, no es justificación.

Hoy cuando un director me da una indicación, aunque me parezca la cosa más absurda del mundo, me callo y la hago; sin plantearme si está bien, o mal, si me lo creo o no. La verdad de mi actuación no depende de ello.

En resumen, no se trata de que lo tenga que “hacer de verdad”. Se trata de que el espectador crea en mí. Y eso hay que ganárselo ¿cómo? Haga lo que haga, tengo que hacerlo como si estuviese plenamente convencido.

Pero me gustaría añadir otra consideración. Siempre he defendido que uno no actúa para los espectadores, los espectadores asisten expectantes. Uno actúa para los otros personajes (evidentemente si la propuesta escénica integra a los espectadores, estos se convierten en personajes); es a los otros personajes a los que hay que convencer, a los que hay que ganar. Eso me ayuda a conectarme con ellos. Es ante ellos ante quienes hay que hacerlo todo absolutamente convencido. Por lo menos en ello estoy.

Un abrazo.

Ernesto Arias.