domingo, 31 de mayo de 2009

El peligroso "estado actuacional".

Últimamente estoy reflexionando sobre algo, que aunque todavía no tengo una conclusión definitiva, me atrevo a compartir. Empecé a pensar en ello hace tiempo. Después de terminar una función, yo había tenido la sensación de que me había ido bien y que había realizado una buena actuación. Sin embargo en opinión de una persona de infinita confianza había realizado una función bastante mala. Evidentemente le pregunté por qué pensaba eso, y como única respuesta sólo obtuve un “no sé… estabas pasadísimo”. Después de reflexionar sobre ello durante mucho tiempo llegue a la conclusión que el problema es que había estado poseído por lo que bauticé como “estado actuacional”.

Este estado es como una enfermedad del actor, que se padece en el momento de la actuación, y supongo que surge de querer hacerlo bien, de esforzarse por tener una buena energía, de querer gustar, de aspirar a ser buen actor, de desear agradar etc. La verdad es que creo que no hay una única razón; puede padecerse por distintos motivos. Es un estado peligroso porque no hay actor/actriz por experiencia que tenga que no esté libre de, en algún momento, padecerlo; y es que cuando se sufre no sirve de nada la experiencia, el talento, la técnica, la sabiduría etc, simplemente la actuación será mala. Pero como una de las consecuencias de ese estado es que se altera la percepción, podemos creer que nuestra actuación está siendo buena cuando no lo es. Con lo cual el decir al terminar una función “me he sentido bien” no tiene por qué significar que eso haya sido realmente así. 

El problema es precisamente ese: que uno puede estar “sintiéndose bien” y sin embargo estar poniendo más energía de la necesaria produciendo una expresividad exagerada; o hablando con un volumen de voz más alto de lo necesario para que le oiga su compañero, o con una precipitación excesiva (ya que es imposible que el personaje que le escucha pueda en esa velocidad asumir lo que esta diciéndole), o dejándose llevar por la inercia y no estar reaccionando a lo que realmente está sucediendo etc. Uno puede estar haciendo todas esas cosas (u otras) y no darse cuenta de ello, con lo cual lo peligroso de ese estado es evidente.

Como en esto del teatro ocurre como en los toros -que siempre es más fácil torearlo desde la barrera- solemos ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro. Y así tenemos una percepción estupenda cuando -como espectadores- vemos a un compañero/a sufriendo “el estado actuacional”; pero el que seamos capaces de percibirlo en los demás, no significa que ya estemos libres de padecerlo.

Y luego existe también el peligro que para evitarlo uno trata de comportarse de manera natural, como en la vida; y se queda por debajo de la energía necesaria, o no se le oye, o hace pausas innecesarias para no hacer nada hasta que realmente lo sienta etc. El problema de todo esto es que tan malo es estar por debajo, como por encima. Por ejemplo, es tan malo tener poca energía como tener demasiada. La cuestión es que hay que tener la justa.

El asunto es peliagudo porque ¿cómo evitar el “estado actuacional” de manera eficaz?

Cuando un actor se enfrenta a un texto su mayor esfuerzo casi siempre consiste en tratar de entender la situación del personaje, sus motivos, sus acciones, su realidad, su objetivos, la relación con otros personajes y muchas  cosas más, que no servirán de nada si en el momento de la actuación uno no se comporta de manera veraz y auténtica. Nos preocupamos mucho por dar con las mejores opciones, pero las mejores opciones pueden ser malas si no se realizan de manera creíble.

Desde luego no me voy a atrever a decir cómo uno debe ser creíble, veraz y auténtico, sencillamente porque no lo sé. Lo que sí me atrevo a decir es que la veracidad no se da si uno no está adaptado al entorno. En el “estado actuacional”, los síntomas pueden ser distintos y las razones diferentes, pero lo común es que no hay una adaptación real al entorno, y por lo tanto el comportamiento no será creíble, veraz o auténtico. El espectador lo que recibe es el desacorde con el entorno (tanto por exceso, como por defecto) y al percibirlo califica la actuación como mala.

Mi propuesta es darle la misma importancia a encontrar las mejores opciones en la construcción (o florecimiento) del personaje, que a amoldarse a la realidad del espacio, a que la energía, la voz, los movimientos estén en perfecta sintonía con el entorno.

Hace poco tuve una conversación con un compañero que me dijo la siguiente frase: “En el arte en directo -actores, músicos, bailarines etc- lo importante para que se dé una buena comunicación es respirar el prana”. No sé si le entendí muy bien, pero el prana creo que es algo así como la energía vital, y que existe en todo espacio. Según este compañero hay que amoldarse al espacio respirando el prana, para así estar en acorde a la energía de ese espacio. Eso me llevo a pensar en el proceso de comunicación.

En la comunicación el mensaje se traslada del emisor al receptor a través del espacio y para que haya una buena trasmisión ese mensaje debe atravesarlo de manera fácil y natural; para ello somos nosotros, como emisores o receptores quienes debemos estar adaptados al espacio; esa es la única manera que se me ocurre para tratar de evitar el “estado actuacional”. Y por eso al terminar una función trato de no preguntarme sobre “cómo me he sentido”, si no sobre "si he estado en sintonía con el espacio, con mis compañeros, etc, en definitiva con el entorno".

En una de mis entradas –titulada Técnica, Ejercicio y Bloqueo- escribí (utilizando como referencia el libro El Actor y la Diana de Declan Donellan) que “cuanta más vida esté presente en una obra de arte, mayor será la calidad de ese arte”. Desde ese punto de vista, cuanto más cargada de vida esté una actuación, mejor será. Pero precisamente el esfuerzo de cargar de vida una actuación puede llevarnos al fatídico “estado actuacional”. Donellan propone que lo útil para el actor no es cómo llenamos de vida una actuación, sino descubrir esas “cosas” que nos impiden que nuestra actuación esté cargada de vida. Y precisamente el “estado actuacional” es un gran bloqueo para cargar de vida nuestra actuación.

No me atrevo a sugerir cómo conseguir una correcta adaptación al entorno para así evitar el “estado actuacional”. Pero supongo que el tenerlo en cuenta ya servirá de algo.

Un abrazo.

Ernesto Arias.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Evolucionar mediante el error.

Recuerdo un diálogo (no recuerdo dónde la escuché o leí, puede que sea de algún libro o película –si alguien que lea esto sabe de dónde es, le agradecería que me lo dijera-) que era más o menos así:  

- Nunca había conocido a alguien como tú. ¿Cómo puedes ser tan buena persona? 

- Pues… no lo sé… quizá porque en esta vida cometí demasiados errores.

Este diálogo se me vino a la cabeza después de leer un artículo titulado "¿Qué haría Google?" en el que se decía que empresas, instituciones y ejecutivos parecen no tener la más mínima idea sobre cómo sobrevivir y prosperar en la era de Internet. Excepto Google, y el autor aconsejaba que las empresas deben abrirse, y explica los motivos y en qué deben basar esa apertura. Pero lo que me llamó la atención fue la siguiente frase: "¿Pueden fallar en el intento? ¡Claro que sí! Pero no solamente no importa equivocarse. Hay que "equivocarse rápido" para poder corregir los errores a tiempo. "No es el error lo que cuenta, si no lo que se hace para corregirlo". Equivocarse y reconocer su error contribuyen a fortalecer la credibilidad".

Me gusta esa idea de valorar el error; de la equivocación como medio de evolucionar.

Supongo que pongo atención en todo esto porque me encuentro en proceso de ensayos y siempre tengo ese maldito problema de querer hacerlo bien;  y cuando percibo que lo que estoy haciendo no es válido, no funciona, o es errado,  no me gusta y lo vivo como un pequeño fracaso. Me pasa sobre todo en los primeros ensayos, cuando uno todavía sabe muy poco sobre el personaje, sobre la obra, sobre la propuesta escénica, se siente patoso en sus movimientos, aparece esa cosa que tenemos los actores de sentirnos siempre juzgados, surge el miedo y la tensión, y haga lo que haga es un desastre. Los primeros días de ensayos los vivo con enorme tensión y preocupación, llegando incluso a dormir mal y no quitarme de la cabeza el texto, las escenas, el personaje, lo que me ha dicho o dejado de decir el director… vamos: una verdadera tortura… de la que me alivio poco a poco cuando las cosas se me van aclarando.

Quizá si asumo bien la idea de la “equivocación como medio de evolucionar” me ayude en el periodo de esos primeros ensayos. Quizá en esos primeros ensayos lo bueno sería “equivocarse rápido” para saber cómo proceder. Quizá si la asumo bien, no me frenará el miedo para probar nuevas cosas y no me preocupe cuando me equivoque. Quizá deba preocuparme precisamente cuando parezca que todo va bien y fluye sin equivocaciones. Quizá mi actitud no debiera ser evitar equivocarme, sino provocar, buscar  y que surja el error cuanto antes. No lo sé… No lo tengo muy claro. Realmente ¿Alguien se alegra cuando se equivoca y dice: “estupendo me he equivocado, ya sé lo que no tiene que ser”?  No lo sé… seguiré pensando en ello.

Un abrazo.

Ernesto Arias.