miércoles, 29 de abril de 2009

... del Lenguaje y Palabra; por Pedro Salinas

Permítanme ofrecer un artículo de Pedro Salinas sobre El Lenguaje de su libro el Defensor: 

Pensemos primero en lo que el lenguaje representa para el individuo solo, para el ser humano, en sí mismo. Por tener el lenguaje misión primordial comunicativa, y servir de enlace entre persona y persona, solemos fijarnos únicamente en este su valor social. ¿Pero no es, antes, algo más que eso? Imaginémonos un niño chico, en un jardín. Hace muy poco que aprendió a andar: le llama la atención una rosa en lo alto de su tallo, llega delante de ella y mirándola con los ojillos nuevos, que se le encienden en alegría, dice: “¡Flor, flor!” Nada más que esto. ¿A quién se lo dice? Pronuncia la palabra sin mirar a nadie, como si estuviera solo con la flor misma. Se lo dice a la rosa. Y a sí mismo. El modular esa sílaba es para él, para su ternura, gran hazaña. Y ese vocablo, ese leve sonido, flor, es en realidad a acto de reconocimiento, indicador de que el alma incipiente del infante ha aprendido a distinguir de entre las numerosas formas que el jardín le ofrece, una, la forma de la flor. Y desde entonces, cada vez que aperciba la dalia o el clavel, la rosa misma, repetirá con aire triunfal su clave recién adquirida. Significa mucho: “Os conozco, sé que sois las flores”. El niño asienta su conocer en esa palabra.

El niño, cuando dice “flor”, mirando a la rosa o al clavel, emplea la palabra denominadora, como un maravilloso rayo delimitador que capta en el desconcierto del mundo material una forma precisa, una realidad. ¡Gran momento éste! El momento en que el ser humano empieza a gozar, en perfecta inocencia, de la facultad esencial de la inteligencia: la capacidad de distinguir, de diferenciar unas cosas de otras, de diferenciarse él del mundo. El niño, al nombrar al perro, a la casa, a la flor, convierte lo nebuloso en claro, lo indeciso en concreto. Y el instrumento de esa conversión es el lenguaje. Lo cual significa que el lenguaje es el primero, y yo diría que el último modo que se le da al hombre de tomar posesión de la realidad, de adueñarse del mundo. Cuenta el poeta catalán Joan Maragall que en cierta ocasión llevó a una niña de algunos años, que no conocía el mar, a la orilla del Mediterráneo, deseoso de ver el efecto que causaba en ella esa primera visión. La niña se quedó con los ojos muy abiertos y, como si el propio mar le enviara, dictado por el aire, su nombre, dijo solamente: “ ¡Mar, el mar!” La voz es pura defensa. La criatura ve ante sí algo que por sus proporciones, su grandeza, su extrañeza, la asusta, casi la amenaza. Y entonces pronuncia, como un conjuro, estos tres sonidos: “mar”. Y con ellos, sujeta a la inmensa criatura indómita del agua, encierra la vastedad del agua, de sus olas, del horizonte, en un vocablo. En suma, se explica el mar nombrándolo, y al nombrarlo pierde el miedo, se devuelve a su serenidad. Es eso, el mar, no es un monstruo ni pesadilla; es, no puede decirse de otro modo más sencillamente grandioso, el mar.

El psicólogo francés Henri Delacroix ha escrito lo siguiente sobre el valor del lenguaje para la formación de la conciencia humana: “Al hablar, el hombre deja de ser una cosa entre las cosas, se coloca fuera de ellas, para percibirlas como tales cosas y operar por medios que él inventa: esto supone la constitución de un mundo de objetos y la percepción de sus relaciones, supone un acto mental, un juicio creador de los objetos”. El lenguaje es necesario al pensamiento. Le permite cobrar conciencia de sí mismo. Y así se construye el objeto, en respuesta a la expectación del espíritu. El pensamiento hace el lenguaje, y al mismo tiempo se hace por medio del lenguaje. Éste es el papel valiosísimo del idioma como un momento de constituirse las cosas por el espíritu. “Una lengua, dice Delacroix, es uno de los instrumentos espirituales que transforman el mundo caótico de las sensaciones en un mundo de objetos y de representaciones”. El pensamiento se orienta hacia el lenguaje como hacia el instrumento universal de la inteligencia. La afortunada metáfora de Delacroix nos dice que el lenguaje está delante del pensar humano que quiere expresarse como un teclado verbal. Todo el mecanismo del lenguaje se le brinda, como al músico el teclado del piano, para exteriorizar lo que siente su alma. Permítanme ustedes que me sirva de esta imagen para insistir en la importancia incalculable de conocer el propio lenguaje. ¿Qué haría frente al teclado de un piano una persona que conociese sólo los rudimentos de la música? Sacarle algunos sonidos mecánicamente, sin personalizarse en ello, la tocata de todos; en cambio, el buen conocedor de las teclas, de sus recursos inagotables, les hará cantar músicas nuevas, con acento propio. Así el hombre frente al lenguaje: todos lo usamos, sí, todos tenemos un cierto saber de este prodigioso teclado verbal. Pero sentiremos mejor lo que sentimos, pensaremos mejor lo que pensamos, cuanto más profundo y delicadamente conozcamos sus fuerzas, sus primores, sus infinitas aptitudes para expresarnos. La idea es esencial, para lo que solicito la atención de ustedes con todas las palabras anteriores, la formuló ya el filólogo alemán Von der Gabelentz de este modo: “La lengua no sirve solamente al hombre para expresar alguna cosa, sino también para expresarse a sí mismo”.

No habrá ser humano completo, es decir, que se conozca y se dé a conocer, sin un grado avanzado de posesión de su lengua. Porque el individuo se posee a sí mismo, se conoce, expresando lo que lleva dentro, y esa expresión sólo se cumple por el medio del lenguaje.

Hay muchos, muchísimos inválidos del habla, hay muchos cojos, mancos, tullidos de la expresión. Una de las mayores penas que conozco es la de encontrarme con un mozo joven, fuerte, ágil, curtido en los ejercicios gimnásticos, dueño de su cuerpo, pero que cuando llega al instante de contar algo, de explicar algo, se transforma de pronto en un baldado espiritual, incapaz casi de moverse entre sus pensamientos; ser precisamente contrario, en el ejercicio de las potencias de su alma, a lo que es en el uso de las fuerzas de su cuerpo. Podrán aquí salirme al camino los defensores de lo inefable, con su cuento de que lo más hermoso del alma se expresa sin palabras. No lo sé. Me aconsejo a mí mismo un cierta precaución ante eso de lo inefable. Puede existir lo más hermoso de un alma sin palabras, acaso. Pero no llegará a tomar forma humana completa, es decir, convivida, consentida, comprendida por los demás. Recuerdo unos versos de Shakespeare, en The Merchant of Venice, que ilustran esa paradoja de lo inefable:

Madam, you have bereft me of all words,

Only my blood speaks to you in my veins.

Es decir, la visión de la hermosura le ha hecho perder el habla, lo que en él habla desde dentro es el ardor de su sangre en las venas. Todo está muy bien, pero hay una circunstancia que no debemos olvidar, y es que el personaje nos cuenta que no tiene palabras, por medio de las palabras, y que sólo porque las tiene sabemos que no las tiene. Hasta lo inefable lleva nombre: necesita llamarse lo inefable. No. El ser humano es inseparable de su lenguaje

El lenguaje nos sirve de método de exploración interior, ya hablemos con nosotros mismos o con los demás, de luz, con la que vamos iluminando nuestro senos oscuros, aclarándonos más y más, esto es, cumpliendo ese deber de nuestro destino de conocer lo mejor que somos, tantas veces callado en escondrijos aún sin habla de la persona. La palabra es espíritu, no materia, y el lenguaje, en su función más trascendental, no es técnica de comunicación, hablar de lonja: es liberación del hombre, es reconocimiento y posesión del su alma, de su ser. “ ¡Pobrecito!”, dicen los mayores cuando ven a un niño que llora y se queja de un dolor sin poder precisarlo. “No sabe dónde le duele”. Esto no es rigurosamente exacto. Pero !qué hermoso ! Hombre que mal conozca su idioma no sabrá, cuando sea mayor, dónde le duele, ni dónde se alegra. Los supremos conocedores del lenguaje, los que lo recrean, los poetas, pueden definirse como los seres que saben decir mejor que nadie dónde les duele.

El teatro y la lengua

Recoge el teatro en un solo haz todas las fuerzas expresivas del lenguaje, es su apoteosis. Obra a modo de mágico espejo que se alza frente a las gentes para que en él observen su mismo idioma, las mismas palabras que hablan pero magnificadas, traspuestas a un nivel de encendimiento y de belleza. El gran dramaturgo usa en su obra el vocabulario mismo de nuestra vida práctica diaria. Pero ¿por qué extraño acontecer esas mismas palabras nos afectan ahora como si viniera desde muy arriba, desde una lengua más significante que la nuestra? La palabra que el público recibe es la suya, y el espectador como tal la reconoce; pero este reconocimiento sólo va hasta un cierto alcance de su significación, el usual en la vida corriente. Y llega un instante en que esa misma palabra traspasa su significación ordinaria, entra en una especie de nueva atmósfera, que la reviste de nuevas claridades, y al espectador ya se le representa como otra, henchida de una fuerza reveladora que nunca la conoció. Diciendo lo mismo, sonado con idénticos sonidos, dice mucho más, suena mucho más largamente. La poesía dramática es la más visible forma de la transfiguración que opera siempre lo poético en la lengua de los hombres. Ocurre con la palabra cosa semejante a lo que sucede con las velas marinas; ese triángulo de lona sucia, groseramente tramado, que vemos en la arena, inerte bajo el sol, ¿es posible que sea aquella blancura inmaculada, pomposa forma plena de la vela en el barco navegante, cuando el aire la empuja ? Están todas las palabras ofreciéndose como velas a la racha, a la poesía. Lo que las hinche y asciende a la altura de su actividad es la energía del alma que se arroje sobre ellas. Al asistir a la representación de The Tempest o La Vida es sueño desfilan los vocablos ante nuestra alma asombrada, todos a colmo de potencia espiritual, todos en lo sumo de su significación humana y sobrehumana. No creo que las gentes gocen más de la hermosura de su lengua que oyéndola, así, hablar, recitar en plenitud de voz en el teatro. Toma forma completa ante ellas. Nunca olvidaré la fisonomía arrobada, de cándido gozo, de los espectadores del paraíso de un teatro español cuando oían, veían, sentían en una vivencia total su mismo lenguaje ascendido a versos de tragedia de Lope o Calderón.

Añádase que el teatro es un plantío de virtudes sociales. En una sala de teatro individuo y grupo humano se encuentran, con una singularidad de efecto que no se da en ninguno otro caso. El creador individual, el poeta, siente que está cumpliendo su destino en aquel preciso momento de la representación, a través de sus prójimos. Lo escrito en retirada soledad, entonces versos o frases mudas, ahora en alas de la espléndida voz, llena el ámbito de la sala y se divide en tantas realidades psíquicas como seres escuchan. Porque cada cual entiende y siente a su manera el mismo verso. Prodigio es ver la unidad humana del artista multiplicándose instantáneamente ante sus ojos. Rayo de luz, la expresión dramática: prisma multilátero, el público que la espera. Cuando cae la palabra resplandeciente del trágico en la sala, se deshace en mil rayos, se abre en mil matices, en mil emociones animadas en los mil espectadores, todas distintas y una en cada alma, pero todas descendidas del mismo origen manantial. Sin dejar de ser cada cual lo que es, al contrario, siéndolo más intensamente, todos son uno. Se logra la unanimidad, unidad de las almas; que aunque nadie entienda la obra de la misma manera, todos la viven conjuntamente. Es acto social por excelencia, porque el hermoso atributo humano de la individualidad inalienable deja de funcionar como una barrera o límite y opera como un vínculo. La proximidad de los espectadores en un teatro es proximidad. Cada alma en su almario, y en todas, una presencia divina, hecha verbo. Cuando se piensa en los valores espirituales y social infusos en la gran obra dramática, y luego en la desaparición en la mayoría de nuestras grandes ciudades del teatro magistral, sustituido por el cine o por el pseudoteatro de inspiración burguesa mediocre -diversión, frivolidad, pasar el rato, nada de tragedias etc.-, es imposible no ver en ese abandono uno de los casos más graves de traición a sus fines espirituales de la sociedad moderna. No se tome esto por indicio de escaso aprecio al cinematógrafo. Invento portentoso, la imaginación se encalabrina pensando en lo que saltará de esas tiras de celuloide cuando algún día, lleguen a emplearse por otros motivos que los comerciales, narcóticos o propagandistas. El cinematógrafo, en cuanto vehículo novísimo de querencias espirituales, apenas si existe, está en su prehistoria., Yo soy de los que sueñan en su historia futura como una de las más hermosas suertes que la humanidad tiene por delante. Ningún arte tuvo como éste la mala fortuna de caer desde su nacimiento no en las manos del artista, sino en las garras de la mercadería. La equivocación, hasta hoy de consecuencias funestas, es la de confundir cinematógrafo con teatro, teniéndolos por cosas sustituibles una por otra. Por eso  urge salir de ese equívoco, restaurar en toda su grandeza la escena teatral, sobre todo en países de lengua que, como la española, poseen un soberbio repertorio dramático. Porque en ella se da, gracias al drama representado, otra representación no menos grandiosa; la ascensión del ser humano a la contemplación y conciencia de su misma vida y de su destino. Pero en unos aires altos de serenidad y hermosura muy distintos de los del vivir diario, y a los que se asciende por milagro del lenguaje. Ojalá los países se den cuenta de su abandono y rescaten el teatro de su doble servidumbre, el comercialismo y la chabacanería, devolviendo al hombre las llamas de este fuego que le robaron unos ladrones de menor cuantía, empresarios de farolillos.

Del Libro "El Defensor" de Pedro Salinas. (Gracias Pedro Salinas).

Un abrazo.

Ernesto Arias.