sábado, 6 de febrero de 2010

Entrevista a Declan Donellan

Asier Tartas -un buen amigo y gran actor- ha colgado en su blog una entrevista con Declan Donellan, que aquí comparto con vosotros.

Primera parte:


Segunda parte:
Muchas gracias, Asier.
Un saludo.
Ernesto Arias.

martes, 15 de diciembre de 2009

¿De verdad que hay que "hacerlo de verdad"?

Después de mi entrada “hazlo de verdad”, he seguido reflexionando en este tema… y hay algunas consideraciones que quiero compartir.

Lo primero es reconocer que hay algo en todo eso que escribí con lo que no acabo de estar muy conforme. Lo releo y me doy cuenta de que puede dar la sensación que opino que ese “de verdad” es una “manera de hacer” que hay que encontrar. Y bueno… no creo que eso sea así; o por lo menos para ser sincero yo trato de no comportarme o proceder como si eso fuera así.

Antes cuando comenzaba con los ensayos y el trabajo en una obra, tomaba el personaje y trataba de imaginarme cómo era (cómo se movía, cómo hablaba, cómo eran las relaciones con los otros personajes, etc.) tratando de entenderlo. Y durante los ensayos buscaba ese “hacerlo de verdad”, y si tenía la sensación de no conseguirlo, seguía una y otra vez dándole vueltas buscando en mi interior una "manera de hacer" que cumpliendo con las exigencias del personaje, me posibilitaran una actuación “lo más verdadera”. Con el tiempo me he dado cuenta que ese “buscar en mi interior” es un error, y en general me parece una pérdida de tiempo.

Hoy en día me es útil pensar que el “hacerlo de verdad” no es algo que yo ofrezca al espectador; si no que es algo que me tengo que ganar. Se me tiene que otorgar.

Trataré de explicarme con un ejemplo. Imaginemos dos políticos debatiendo, antes de unas elecciones, sobre economía. Uno opina que es bueno bajar los impuestos, y el otro que es bueno subirlos. Nosotros como ciudadanos tenemos que otorgar nuestro voto, y lo haremos a quien creamos que tiene razón, quien tenga “la verdad”, pero no tenemos ni idea de economía ¿Cómo saber dónde está la verdad? Imposible; ni los grandes economistas se ponen de acuerdo en eso. Pero nosotros tenemos que decidir a quién votar, tenemos que decidir en quién creemos. Ellos lo saben, y por lo tanto quieren ganarnos; y ponen todo su empeño en conseguirnos.

Un debate político no deja de ser un combate cuyo premio es la confianza del ciudadano, la creencia del ciudadano de que “la verdad” está en uno y no en el otro. En realidad, cuando dos políticos debaten, todo el mundo sabe que opinan de distinta manera, y no debaten para convencerse entre ellos (sería gracioso asistir a un debate en que uno diga: me has convencido, retiraré mi candidatura y te votaré), ni para enriquecer los puntos de vista de los ciudadanos, ni nada parecido. No, simplemente debaten para convencer al ciudadano de que les voten. Y ese convencimiento no se gana con el simple exponer las distintas ideas; se gana a través de “la actuación”.

Imaginemos que uno de los políticos le confiesa a un asesor antes de empezar el debate, que no está seguro de que sus propuestas sean las más adecuadas para el país. ¿Qué le aconsejaría el asesor? ¿Le diría: “no importa, tu muéstrate sincero, se honesto y verdadero en lo que dices y en cómo lo dices. Si realmente no estás seguro dilo y como es verdad te ganarás su confianza, y así convencerás a los ciudadanos.”? Lo dudo. No me imagino a un político diciendo algo así como: “Quiero proponer una subida de impuestos que aunque no estoy seguro de que sea lo más adecuado, intuyo que puede ser bueno para el país”. Los asesores de los políticos saben que para convencer, no es necesario “hacerlo de verdad”; e imagino que ese asesor le diría a ese político dudoso algo así como: “mira no me vengas con dudas de última hora, no importa que estés seguro o no, no importa lo que creas o no, si quieres ganarte el voto de los ciudadanos “actúa” como si te lo creyeras, como si estuvieses plenamente convencido, independientemente de si lo estas o no”.

Los políticos siempre hablan como si estuvieran en la posesión de “la verdad”, y saben que eso es lo importante para convencer; y por eso en los debates se mantienen firmes en sus ideas y tratan de que el rival dé muestras de dudas o debilidad de las suyas. De la misma manera al espectador de teatro no le importa si lo “haces de verdad” o no. Lo que quiere es ser convencido. Y yo como actor tengo que ganármelo; y para ello tengo que actuar con pleno convencimiento (independientemente de si lo estoy o no).

Como dijo Ester Bellver (en un comentario en un comentario a mi entrada) cuando el director te dice "hazlo de verdad", o “créetelo más”, en realidad lo que está diciendo es "házmelo creer", o lo que es lo mismo “actúa como si te lo creyeras plenamente”; porque ese es el camino para que el espectador crea en ti.

Alguna vez he dicho (y lo he oído infinitas veces en los ensayos): “mi problema es que no me lo creo”; hoy me doy cuenta de que no es más que una mera justificación. Creérmelo o no, no es la cuestión. Mi atención no debo llevarla a tratar de creérmelo para así ser más verdadero. Lo importante es actuar con pleno convencimiento; y para ello no no es necesario creérselo. Si me lo creo genial; si no, no es justificación.

Hoy cuando un director me da una indicación, aunque me parezca la cosa más absurda del mundo, me callo y la hago; sin plantearme si está bien, o mal, si me lo creo o no. La verdad de mi actuación no depende de ello.

En resumen, no se trata de que lo tenga que “hacer de verdad”. Se trata de que el espectador crea en mí. Y eso hay que ganárselo ¿cómo? Haga lo que haga, tengo que hacerlo como si estuviese plenamente convencido.

Pero me gustaría añadir otra consideración. Siempre he defendido que uno no actúa para los espectadores, los espectadores asisten expectantes. Uno actúa para los otros personajes (evidentemente si la propuesta escénica integra a los espectadores, estos se convierten en personajes); es a los otros personajes a los que hay que convencer, a los que hay que ganar. Eso me ayuda a conectarme con ellos. Es ante ellos ante quienes hay que hacerlo todo absolutamente convencido. Por lo menos en ello estoy.

Un abrazo.

Ernesto Arias.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El Oficio del Actor

Por si no conocéis este documental. Javier Bardem, Eduard Fernandez y Luis Tosar hablan del "oficio del actor" en un documental de Mariano Barroso.
Hay tan pocas oportunidades de ver y escuchar a los actores hablar de su trabajo que es de agradecer la generosidad de estos compañeros.


Un abrazo.
Ernesto Arias.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Hazlo de verdad.

Hace bastante tiempo hice una prueba para una función. Me habían enviado una escena de dos personajes y me señalaban cuál de ellos tenía que prepararme. Lo cierto es que estaba muy ilusionado con que me cogieran porque la función y el personaje me gustaban mucho, pero sobre todo admiraba el trabajo del director y estaba entusiasmado con la posibilidad de poder trabajar con él. Es decir, esa prueba me la había tomado muy en serio y la había preparado a conciencia.

Después de la típica espera, con los típicos nervios, me hacen pasar a la sala donde iba a transcurrir la audición y tras el encuentro con el director y con las personas que iban a presenciar el casting, me presentan al otro actor con el que iba a hacer la escena, nos señalan más o menos cómo es la distribución del espacio… y sin más preámbulos… hacemos la escena.

Tengo que decir que cuando hago una audición y termino la escena -o monólogo, o improvisación, o lo que me hayan mandado hacer-, siempre me quedo un segundo que no sé dónde mirar, si al “tribunal”, al director, al compañero con el que acabo de hacer la escena… no sé… me quedo un poco parado con cara de bobo sin saber dónde mirar. Ese día recuero que miré a mi compañero y me alegre de ver que me sonreía. Yo tenía la sensación de que la cosa no había ido mal del todo, y de alguna manera su sonrisa me animó a pensar que incluso había estado muy bien. El director tomó la palabra lo cual me obligo a mirarle y a sonreírle con esa sonrisa que había copiado de mi compañero.

Podéis hacerlo otra vez, por favor… pero esta vez… hacedlo más de verdad”, dijo mi admirado director.

Al oírle simplemente noté que lo que no era de verdad era la sonrisa que tenía en mi boca. Era como un pegote, como algo que no correspondía a mi estado. Quizá lo que pasó es que me ocurrió eso de que “se me congeló la sonrisa”… no sé… Lo que sí recuerdo es que… encima… mi reacción fue de sonreír más forzadamente… hasta incluso enseñar los dientes y emitir un sonido… como de risita… de risita absurda… que tras escuchármelo –yo a mí mismo- note un gran calor en mi cara y supe que me estaba poniendo de lo más colorado. De todas maneras como única respuesta di un “vale”, y volvimos a pasar la escena. No recuerdo si dio más indicaciones ni si pasamos la escena alguna vez más. Sólo recuerdo que no resulté seleccionado.

El caso es que ese “hazlo de verdad” se me quedó muy grabado. Todavía hoy me da bastante vergüenza el recordarlo. Porque claro… me pregunto ¿hay algún actor/actriz del mundo que cuando hace alguna escena no la trata de “hacer de verdad”? Yo, desde luego en esa prueba no trataba de “hacerlo de mentira”. Bueno… reconozco que en el momento de hacerlo quizá no estuviera teniendo presente el “hacerlo de una manera o de otra”, simplemente quería hacerlo bien. Pero el hecho que me dijera que lo hiciera “de verdad”, era demostración clara que cuando lo había hecho no lo había “hecho de verdad”, con lo cual lo había “hecho de mentira”, o en definitiva lo había hecho mal, o había resultado falso… no sé. Soy consciente que el hecho de querer y tratar de “hacerlo de verdad” no significa que se consiga. Seguramente ese director percibiera falsedad en mi actuación, y su indicación llevaba la mejor de las intenciones (No quiero criticarlo. Es un director al que sigo admirando mucho). La cuestión que me surge es: En Teatro ¿qué es “hacerlo de verdad”? O dicho de otro modo, ¿qué podía haber hecho yo con esa indicación?

Pienso en todo esto porque hace unos días recibí un email de una actriz que me planteaba lo siguiente: Me gustaría saber cómo hacer para que mis actuaciones sean reales.

No supe muy bien que contestarle porque, vamos a ver: actuación y realidad ¿no son dos términos paradójicos, contradictorios?

Que la frontera entre actuación y realidad sea imperceptible parece ser que es donde reside, en esencia, el trabajo del actor/actriz (mi admirado director creo que reclamaba precisamente eso, que mi actuación no pareciera una actuación, si no que pareciera real). A partir de esa cuestión no se ha parado –en diferentes épocas, en distintos lugares – de escribir libros, establecer teorías, proponer caminos, crear métodos y técnicas, etc.

He leído algo sobre el tema y puedo concluir que cuando se habla del primer término-actuación- no suele haber demasiados líos; es como si todos estuvieran de acuerdo a lo que se refiere. El problema surge cuando se habla del otro término –realidad -, y claro “lo real”, “lo verdadero”, son términos un poco confusos. Con lo cual los teóricos tratan primeramente de establecer lo que es claramente eso de “ser real”, de “hacerlo de verdad”. Y proponen otros términos, como ser “creíble”, “natural”, “verosímil”, “auténtico”, “veraz”, “verdadero”, “convincente”… Y claro… claro… aquí estamos los actores pensando: “sí, sí llamadlo como queráis, pero ¿cómo puedo hacer para que mis actuaciones sean más reales, o creíbles, o verosímiles, o veraces, o auténticas, etc.?

La cosa no acaba ahí, porque alguien (no tengo ni idea de quién… quizá Stanislavsky, que fue el primero en tantas cosas) en algún momento aportó un punto de vista que creo que hoy está bastante aceptado: que cada función teatral tiene la intención de contar o transmitir algo, y para ello cada función teatral conlleva una propuesta de estilo y una propuesta estética… entonces… el actor/actriz debe ser verosímil (verdadero, auténtico, convincente, creíble etc.) en el marco de esas propuestas.

¡Joder, qué lio! ¿Y eso cómo se hace?

Pero la cosa no acaba ahí… porque hace poco otro director me expuso lo siguiente: “La idea de verosímil en realidad también es una convención. Por ejemplo, Margarita Xirgu en su época resultaba verosímil, pero si hoy escuchamos una grabación suya nos resultará incluso ridículo”. Pues es verdad… he tenido ocasión de escuchar una grabación de Margarita Xirgu y “de verdad” tiene poco.

Es decir que “hacerlo de verdad” no sólo depende de la propuesta de estilo y estética de la puesta en escena, si no también hay otros factores, por ejemplo lo que hoy en día se considera “de verdad”, que a lo mejor en el pasado –o en el futuro- no es así. No sólo me estoy aclarando. Me estoy liando cada vez más. Yo sólo quiero saber ¿hoy en día cómo hay que hacerlo para que se considere “de verdad”?

Tiempo después volví a ver una película que se llama “Adiós a mi concubina”. En una secuencia un gran entendido –en ópera china- está enormemente sorprendido con la actuación del actor que interpreta el papel de concubina en la ópera; otro personaje al verlo tan sorprendido le dice: “Juzgue usted mismo, ¿acaso no ha hecho imperceptible la diferencia entre el Teatro y la Vida? ¿Entre lo masculino y femenino?

Espera… espera…. bueno, yo reconozco que no tengo ni idea sobre Ópera China… pero ¿imperceptible la diferencia entre el Teatro y la Vida? Pero si precisamente la Ópera de Pekín me parece de lo más “teatral” y alejado de la “vida”; con esos trajes, de tantos colores, maquillajes como máscaras, cantando con chillidos muy agudos y chirriantes… “¿cómo la vida?”… No… eso no. Yo no niego que el actor puede estar siendo “verosímil dentro del estilo y estética”, y sí que emociona su feminidad… ¡Ah, claro, claro… debe ser que en esa época existía la convención que así había que hacerlo, para hacerlo “de verdad”… pero… un momento… la acción de la película arranca en 1925… y avanza un poco más de la llegada del comunismo a China por 1949… más o menos en la misma época en la que Margarita Xirgu estaría triunfando… ¡joder!, ¡Pues, esa manera de interpretar, no tiene nada que ver con cómo lo hacía Margarita Xirgu! La convención entonces no sólo depende de la época, sino también del entorno “social y cultural”… y claro debe ser que “en aquella época”, “en china” (que no en España) se daba la convención de que “la vida” en escena se debía representarse así.

Lo entiendo… lo entiendo… Pero vamos a ve: yo entiendo las propuestas escénicas, soy hijo de mi tiempo y de mi realidad social y cultural… lo entiendo todo…pero el entenderlo no me ayuda a que mis actuaciones sean más “de verdad”.

Además, ocurre una cosa: cuando asisto como espectador a una función tengo un criterio claro para distinguir entre las distintas actuaciones, calificándolas en “verdaderas” o “falsas”. Pero si soy yo el que actúo… eso es otra cosa. Ahí es imposible tenerlo claro.

Me temo que nadie ha dado con la fórmula que garantice ese “hacerlo de verdad”, esa “actuación real”… y menos mal que es así. Porque si se diera con esa fórmula, todos los actores/actrices la aplicarían y eso provocaría anular el misterio de la actuación e interpretación, y el Teatro dejaría de interesar.

Además creo que simplemente esa fórmula no existe. Y no existe porque los actores y actrices somos de muy diferente naturaleza, y lo que le sirve o es útil para uno, a otro le puede resultar inútil; y lo que para uno es absurdo, para otro es fundamental. Nuestras diferentes naturalezas -como actores y como personas- producto de nuestras diferentes vivencias, distintas experiencias, de nuestro diferente recorrido, en definitiva de nuestras originales, singulares y exclusivas vidas, imposibilitan que pueda existir una única fórmula (o método, o sistema, o manera de trabajar etc.) que garantice que la “actuación sea verdadera”.

¿Significa que lo mejor que podemos hacer es abandonar la cuestión? No, al contrario, creo que cada actor/actriz debe realizar su propia búsqueda, andar su propio camino. Y seguro que cada uno puede encontrar su “fórmula”; pero será suya y sólo suya.

Por eso creo que se puede teorizar, debatir, discutir, proponer, etc. pero no concluir, ni dogmatizar. Algo que posiblemente pueda ayudar es “compartir experiencias”. Este blog es un intento de ello, pero desde luego sé perfectamente que lo que expongo aquí puede resultar absurdo para otro. Y me gusta que sea así. No hay que olvidar que la imposibilidad de que haya una “única manera” es lo que mantiene el misterio de nuestro trabajo.

Un abrazo.

Ernesto Arias.

viernes, 16 de octubre de 2009

Sal a disfrutar.

Hace tiempo escribí un post -El trabajo del actor y el trabajo del personaje- en el que planteaba el disfrute de los actores y actrices como soporte del Teatro. Es algo que sigo creyendo, pero se me han despertado ciertas dudas que quisiera compartir.

Estoy convencido que casi todos los actores/actrices han oído esa expresión de “sal a disfrutar”. A mí me lo han dicho directores, compañeros, amigos que han ido a verme actuar, etc. Es algo muy habitual. Los directores lo suelen decir antes de la representación, como para dar ánimos. También lo he escuchado a menudo después de la función, como consejo, como diciendo algo así como: “lo que haces está bien, pero estaría mejor si disfrutaras”; o dicho de otro modo: “estaría mejor si yo percibiera que disfrutaras”. En alguna ocasión incluso me han dicho: “por ejemplo “fulanito” (un compañero con el que estaba actuando), a ese sí que se le nota que disfruta”.

Yo antes sí creía entender a que se referían esos consejos, y me lo tomaba como un “despreocúpate, suéltate, déjate llevar, etc.”. Pero hoy en día me cuesta traducir esa expresión “sal a disfrutar” en algo concreto que pueda hacer para mejorar en mi trabajo.

Desde el 30 de Septiembre estoy en “De cuando acá nos vino” de Lope de Vega en el Teatro Pavón de Madrid, y varias personas que han ido a verme me han dicho que se nota que disfruto. Y sí, realmente disfruto de la función cada día, y me lo paso muy bien en escena. Pero debo reconocer que también me lo han dicho un día en el que precisamente no había disfrutado demasiado. Por otra parte otro día me dijeron algo así como: “deberías disfrutar más, que el personaje te lo permite, te deja mucho margen al disfrute”, y -cosas de la vida- ese día era uno de los que más había disfrutado.

Ese par de ocasiones fue lo que me despertó este dilema ¿Qué es disfrutar en el escenario? ¿Es necesario para una buena actuación? ¿Cómo garantizarlo cada día? ¿Con qué realmente se disfruta?

Yo reconozco que la razón fundamental por la que hago teatro es simplemente porque disfruto muchísimo actuando. Con lo cual el disfrute –para mí- es imprescindible-. Hubo un tiempo en que sufría más de la cuenta, pero en un momento decidí que el sufrimiento y la actuación no deben estar unidos. ¿Es necesario disfrutar para una buena actuación? Para mí… sí, sin lugar a dudas.

Disfrutar es deleitarse, gozar, sentir placer… y yo me deleito, gozo disfruto jugando a ser otro. “Jugando”… “actuar es jugar” se ha repetido infinitas veces. Los niños juegan para disfrutar. Y los actores/actrices “juegan (actúan)” para disfrutar.

De todas maneras me gustaría apuntar algo. Recuerdo un chiste en que uno le decía a otro: - “Oye, ¿tú te consideras buen amante?”, y el otro le contesta: - “Yo soy un amante excepcional” “¿Cómo estás tan seguro?” le vuelve a preguntar sorprendido por su contundente respuesta, “Está claro, hombre. Yo siempre quedo satisfecho”.

Lo que trato de decir es que en la actuación, como en el sexo, si sólo disfrutas tú… algo no va bien. Y no se trata, desde mi punto de vista que disfrutes con, por y para los espectadores. No. Los espectadores que disfruten estando expectantes. Hay que disfrutar con, por y para los compañeros -con los otros personajes-. El disfrute necesario, útil y válido es el que surge de la relación con los demás. Con lo cual toda la atención en los demás. En ellos –en mis compañeros- está el alimento de mi disfrute.

En fin… seguiré pensando en ello.

Un abrazo.

Ernesto Arias.

jueves, 17 de septiembre de 2009

más sobre "el estado actuacional"

Mi amigo y gran actor David Luque, me ha escrito un email, enviándome un comentario sobre el post que hice titulado "el peligroso estado actuacional". Ahí va para todos:

Hola a todos:
Pues la verdad es que como actor es inevitable reconocerse en eso que Ernesto llama "estado actuacional". Yo creo, y evidentemente no digo nada nuevo, que lo peor al actuar es estar pendiente de uno mismo y, sin embargo, es casi imposible no hacerlo. Uno quiere hacerlo bien. Mientras se está en el escenario, y de forma simultanea, uno va haciendo una valoración de uno mismo. Hay una vocecita por dentro que te dice dos cosas: 1) "muy bien, sigue así, te estás dejando impregnar por la emoción", lo cual nos puede llevar a la auto indulgencia y a "pasarnos" tal como te dijeron Ernesto. Y 2), te dice: "estás fatal, estás frío como un pingüino, pero ¿qué haces?!!", lo cual nos lleva a "apretar" y una vez más a "pasarnos". Ante esto, una posible solución la encontré, una vez más, en el libro de Declan Donellan "El Actor y la Diana". Olvidarse de uno mismo (entre comillas, ya me entendéis) para estar con ahínco en la diana, en el otro, en el de enfrente. O más sencillo: estar en escena ESCUCHANDO, como algo muy activo. Agarrarse al otro, asirlo, con la mirada, con todo nuestro cuerpo imaginario, como única forma de estar realmente con esa vida de la que tanto hablamos cuando hablamos de actuación. La escucha, modificar la diana. De alguna manera tiene que ver con lo que mencionabas del "prana". No se, últimamente estoy mucho en esto que os cuento. Ahí va mi reflexión!
Besos a todos

Un abrazo.
Ernesto Arias.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Música Clásica y Teatro Clásico.

Hoy quiero compartir con vosotros estos videos que he visto. Espero que os gusten.
Todo lo que se dice de la Música Clásica es perfectamente aplicable al Teatro Clásico. Pensadlo.



Un abrazo.
Ernesto Arias.